Entrevista: OLACDE y la transición energética en América Latina
Published on: Apr 13, 2026
En un escenario marcado por las nuevas energías y la volatilidad global, América Latina busca un rumbo propio basado en la complementariedad y la planificación. Junto a Fitzgerald Cantero, Director de Estudios, Proyectos e Información de OLACDE, exploramos qué oportunidades, límites y aprendizajes enfrenta la región en un contexto atravesado por crecientes tensiones energéticas.
Durante la última década, regiones como Europa, América del Norte y Asia han avanzado con fuerza en movilidad alternativa, marcando el ritmo de la transición energética global. América Latina, históricamente rezagada en algunos de estos procesos, comienza sin embargo a consolidar un escenario propio cada vez más prometedor. Así lo refleja el informe Panorama Energético de América Latina y el Caribe 2025 de la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (OLACDE), que muestra una rápida expansión de las energías renovables, un crecimiento inédito de la electromovilidad y un rol estratégico del gas natural como energía de respaldo. En este contexto, surgen preguntas clave: ¿qué caminos está tomando América Latina? ¿Qué energías lideran realmente la transición? ¿Qué aprendizajes dejan otras regiones del mundo? ¿Cómo transformar el potencial en desarrollo sostenible?

MobilityPlaza: ¿Cuál es el rol de OLACDE como organización internacional y tu función dentro de la entidad?
Fitzgerald Cantero: OLACDE es un organismo intergubernamental integrado por 27 países miembros de América Latina y el Caribe. Trabajamos en estrecha coordinación con los ministerios de energía, u organismos equivalentes dentro de los poderes ejecutivos, acompañando a los países en la definición y planificación de sus políticas energéticas. Nuestro enfoque es integral: abarcamos toda la agenda de la energía, todas las tecnologías y todos los procesos de toma de decisión vinculados al sector.
En ese contexto, los países enfrentan desafíos complejos que cruzan lo energético con otras dimensiones, como lo económico, lo comercial, lo ambiental o la planificación territorial y urbana. Frente a ese escenario, desde OLACDE buscamos apoyar a los gobiernos brindándoles herramientas concretas para la toma de decisiones. Esto incluye la elaboración de informes, estudios, documentos técnicos y espacios de intercambio de experiencias, que les permitan evaluar alternativas y definir estrategias acordes a las realidades y necesidades de cada país en cada momento.
MP: Se suele afirmar que América Latina tiene un gran potencial para el desarrollo de combustibles alternativos. ¿Qué factores pueden ayudar a explicar esta noción?
FC: América Latina parte de una ventaja muy clara: la abundancia y diversidad de recursos naturales, lo que posiciona a la región con un potencial energético excepcional. Si uno observa cuáles son los insumos clave que demanda la transición energética a nivel global, minerales como litio, cobre o níquel; la región no solo los tiene, sino que en varios casos concentra algunas de las mayores reservas del mundo.
A eso se suma una fuerte base renovable. América Latina es hoy la región que más electricidad genera a partir de fuentes renovables, lo que crea condiciones favorables para desarrollar soluciones energéticas de menor huella de carbono. Lo mismo ocurre con los biocombustibles, donde la capacidad agrícola y el manejo de biomasa permiten escalar producción de manera sostenida.
Además, la región cuenta con liderazgos consolidados y un saber hacer comprobado. Brasil, por ejemplo, es uno de los principales productores mundiales de bioetanol y biodiésel, resultado de décadas de política pública, incorporación tecnológica y desarrollo industrial. Ese know‑how es una ventaja clave.
Finalmente, el potencial regional también se explica por una demanda global creciente. Sectores como el marítimo o la aviación están estableciendo metas concretas de descarbonización, lo que abre oportunidades para que América Latina se convierta en un proveedor relevante de combustibles alternativos. En paralelo, surgen experiencias de movilidad más limpia a distintas escalas, desde grandes cadenas logísticas hasta soluciones locales, que muestran que la región tiene capacidad para ofrecer respuestas diversas.
MP: ¿Cómo puede América Latina aprovechar mejor esa diversidad y complementariedad energética para acelerar la transición? ¿Qué papel juega OLACDE en esta ecuación?
FG: Aprovechar esa diversidad implica avanzar en integración y complementariedad: desarrollar cadenas industriales regionales, fortalecer capacidades productivas, formar talento local y generar condiciones para que la inversión se quede en la región. Países con perfiles energéticos distintos pueden complementarse, como ya ocurre en otras regiones del mundo. El potencial está, pero requiere más coordinación e integración para transformar recursos en desarrollo industrial sostenible.
Desde OLACDE no promovemos una tecnología en particular. Acompañamos las decisiones soberanas de los países y trabajamos con los ministerios de energía cuando nos solicitan apoyo para diseñar hojas de ruta, evaluar alternativas o planificar políticas públicas. Nuestro rol comienza con diagnósticos claros: identificar barreras, desafíos técnicos, regulatorios o financieros, y proponer caminos posibles para superarlos. Además, buscamos generar un círculo virtuoso de cooperación regional. Facilitamos estudios técnicos, promovemos el intercambio de experiencias entre países y ayudamos a establecer metas comunes.
MP: El informe Panorama Energético de América Latina y el Caribe 2025 muestra un crecimiento del 851% en el parque de vehículos eléctricos (VE) entre 2022 y 2025. ¿Qué explica este salto tan acelerado?
FG: Este crecimiento responde a una combinación de factores que se fueron alineando en los últimos años. Por un lado, la baja sostenida en los precios de los VE, junto con mayores autonomías, hizo que la propuesta sea cada vez más competitiva desde el punto de vista económico. A eso se suman los incentivos de varios gobiernos de la región, tanto para la compra de vehículos como para el desarrollo de infraestructura de carga. Aquí hay una dinámica clave: oferta, demanda e infraestructura avanzan juntas. Todo esto explica buena parte del salto que estamos viendo.
Pero además del crecimiento, hay un factor económico muy concreto que ayuda a entender por qué la electromovilidad empieza a consolidarse. Desde OLACDE realizamos recientemente un cálculo comparando los precios promedio de gasolinas y diésel con el precio promedio de la electricidad en la región. El resultado muestra que, solo por costo energético y sin considerar incentivos adicionales, el parque actual de vehículos eléctricos livianos y buses ya genera un ahorro anual que hoy ronda los mil millones de dólares, con valores que se han incrementado a medida que sube el precio del crudo. En términos individuales, un VE liviano puede ahorrar aproximadamente $2.000 al año, y un bus eléctrico alrededor de $26.000 anuales, cifras que aumentan si el precio del petróleo sube. Esta ecuación económica acelera la amortización de la inversión y refuerza el atractivo de la electromovilidad, aunque también plantea nuevos desafíos en términos de infraestructura, capacitación y planificación, especialmente en una región donde ya circulan más de 700.000 vehículos electrificados entre eléctricos puros e híbridos enchufables.
MP: Al mirar lo que está ocurriendo a nivel global, ¿qué aprendizajes dejan las decisiones de otras regiones y qué oportunidades se abren para América Latina en este contexto?
FG: Desde una mirada más geopolítica, creo que hay aprendizajes claros. Europa, por ejemplo, tomó una decisión muy fuerte al establecer plazos para dejar de vender vehículos a combustión, pero no siempre preparó a su industria para acompañar ese cambio. Mientras tanto, China, que es hoy el mayor productor mundial de baterías y VE, estaba lista para abastecer esa demanda. El resultado fue que Europa empezó a ver cierres de plantas tradicionales, especialmente en países como Alemania, donde la industria automotriz es un pilar económico. Algo similar ocurrió con la energía nuclear: se frenaron proyectos hace años y hoy varios países están revisando esas decisiones.
En Estados Unidos también se dieron señales claras, tanto con aranceles a los vehículos chinos como con cambios de enfoque entre distintas administraciones. América Latina, en cambio, tiene una oportunidad distinta. En la región comienzan a instalarse industrias para producir vehículos eléctricos en países como México y Brasil, y para fabricar baterías en Chile. Además, ya existen experiencias más pequeñas en Argentina, Uruguay o Bolivia. Tenemos energía limpia, materias primas, capacidad productiva y un mercado que está creciendo. Si logramos articular esos elementos en cadenas de valor regionales, esta transición puede convertirse en una oportunidad de desarrollo industrial, y no solo en un cambio tecnológico.
MP: El hidrógeno atraviesa hoy un momento desafiante en la movilidad a nivel global, aunque su potencial sigue latente. ¿Cómo ve OLACDE su impacto en América Latina hoy?
FG: Hoy el hidrógeno está mucho más enfocado en usos industriales y en sus derivados, como la industria química o los fertilizantes. En movilidad, lo que empieza a visualizarse con mayor claridad es su aplicación en transporte pesado, como camiones de carga o buses de larga distancia, y en algunos casos como insumo para combustibles sintéticos vinculados al sector marítimo o la aviación. Existen experiencias piloto, por ejemplo en transporte de carga pesada en Uruguay, pero siguen siendo casos puntuales, con fuertes desafíos de costos, repostaje e infraestructura.
Para vehículos livianos o transporte público urbano, el hidrógeno se ve todavía más lejano en el tiempo. No solo por cuestiones técnicas, sino también económicas: el hidrógeno compite consigo mismo por sus variantes (gris, azul, verde, etc.) y con el gas natural, que hoy resulta más competitivo en precio. En ese sentido, el hidrógeno aparece como una alternativa válida, pero principalmente para nichos específicos.
MP: En contraste, ¿cómo describiría hoy el estado y el rol del gas natural en la movilidad a lo largo de América Latina?
FG: El gas natural es, sin dudas, uno de los grandes energéticos de transición en América Latina y lo seguirá siendo por décadas. Los países tienden a apostar por los recursos que tienen, y en nuestra región las reservas son importantes. Eso explica su fuerte presencia en el transporte urbano y de pasajeros, como taxis o buses, algo que se ve claramente en ciudades como Lima, donde el gas está totalmente incorporado a la movilidad cotidiana. Además, desde el punto de vista económico y ambiental, el gas ofrece ventajas sobre otros combustibles fósiles, con menores emisiones y alta disponibilidad. Desde una visión multienergía, el gas natural tiene todavía mucho margen para crecer, especialmente si se avanza en una mayor integración regional.
MP: ¿Cómo ves a América Latina posicionada frente a los desafíos y oportunidades del escenario energético y geopolítico global recientes?
FG: América Latina tiene una gran oportunidad en un mundo cada vez más tensionado e incierto. La incertidumbre siempre existe, pero hoy cambia a una velocidad inédita, y en ese contexto global la región está bien posicionada. Tenemos recursos naturales, potencial energético, capacidades productivas y gente, aunque debemos seguir invirtiendo en formación y capacitación.
Existe una demanda global creciente de energía, de minerales críticos, de tierras raras y de nuevos insumos vinculados a la transición energética. Elementos que hace algunos años solo se discutían en ámbitos técnicos hoy forman parte de la conversación pública, y muchos de ellos están en América Latina. El desafío es transformar esa demanda en valor agregado, en desarrollo productivo y en crecimiento para nuestra gente.
Históricamente fuimos exportadores de materias primas y compradores de bienes manufacturados; hoy tenemos la posibilidad de mirar distinto, planificar a 20, 30 o 40 años, generar sinergias entre países vecinos y complementarnos mejor. A diferencia de otras regiones del mundo, América Latina no atraviesa conflictos bélicos internos ni entre países, y eso también es una ventaja. Si logramos integrarnos, coordinar políticas y aprovechar esta coyuntura, podemos consolidar un camino de desarrollo sostenible que sea positivo para toda la región.
Escrito por Gonzalo Solanot










